Yoga en evolución: La impermanencia de nuestras seguridades


Yoga en evolución: La impermanencia de nuestras seguridades

Cuando todo cambia para nosotros de la noche a la mañana, cuando el sentido de futuro se viene abajo, cuando algo nuevo, imprevisto e impensable ocurre, ¿qué tipo de conocimiento se gesta en el interior de nuestro ser? ¿qué recursos personales despiertan? ¿qué cualidades nos reclama la vida para responder a todo lo que presenta la realidad de nuestra existencia?

De golpe estamos en otro lugar. El Covid-19 nos ha trasladado en segundos, horas. Allí donde nos encontrábamos planificando, peleando o cuestionando lo que fuera, hoy ya es otra cosa, otra que no formaba parte de ninguno de los planteamientos que tuviéramos. Todo nuestro sistema de control, pequeño o grande, se ha venido abajo en un momento. El futuro se nos presenta incierto y los recursos personales, que con tanto afán hemos entrenado para llevar las riendas de nuestra cotidianeidad, justo esos que nos han servido por años para hacernos paso entre la multitud, quedan invalidados, aparcados implacablemente, y sin saber si seguirán siéndonos de utilidad en el escenario que se dibuja para el mundo, para las comunidades, para la sociedad en general.

Algunos incluso nos hemos visto como no podíamos imaginar hace solo unos días, enfermos o debilitados. A otros, se nos ha hecho más palpable que somos viejos o que estamos a las puertas de morir. Y es así que, mientras nos damos el tiempo y el espacio para sentir si estamos preparados para soltar lo viejo y aflorar lo que aún desconocemos de nosotros mismos, o mientras que simplemente estamos colapsando ante el miedo y la perplejidad, se están abriendo paso igualmente, movidos por un impulso vital expansivo y contundente, nuevos retos, nuevas llamadas de atención, una nueva conciencia, un nuevo modo de mirarnos los unos a los otros.

Como las briznas de hierba que se abren paso por los huecos del asfalto, así están emergiendo, con una fuerza conmovedora, la solidaridad, el acompañamiento compasivo, la valentía de los que, incluso sin saberlo, ponen a disposición del bien común, sus propias vidas.

Estamos viviendo una especie de calma silenciosa y contenida que se da la mano con una gran incertidumbre. Se nos olvidó por completo, mientras atendíamos a la vorágine del día a día, que así, exactamente así es la vida; nada seguro, ninguna planificación consistente, nada que nos esté esperando ahí fuera. Pues bien, ahora lo estamos viviendo; todo lo que hemos cosechado, incluso con el sudor de nuestra frente, puede desaparecer o volatilizarse de un soplo. Y de pronto, no sólo para los que las circunstancias nos ha parado en seco, sino incluso para quienes atienden precipitadamente las necesidades de los demás, las pocas certezas que presenta nuestra existencia se nos muestran contundentes y más ensordecedoras que nunca: la enfermedad, la vejez y la muerte.

Estas son las únicas seguridades que tenemos. Hace veinticinco siglos, estas fueron las motivaciones que impulsaron a los yoguis como Buddha, para desarrollar el Yoga que hemos heredado y generar caminos y herramientas para poder estar presentes en dicha realidad. Intentamos evolucionar, nos adaptamos a los cambios y los integramos, pero tanto en la evolución del Yoga, en su historia, como en la nuestra, la realidad de la impermanencia, del sufrimiento y de la muerte, es la única seguridad que tenemos. El sentido de la impermanencia ha saltado de pronto al escenario de nuestra vida. La realidad del sufrimiento está mostrando su cara más palpable.

Tal vez este es un buen momento para explorar el sentido de nuestra vida. Ahora que hemos parado a la fuerza o que estamos en la primera línea de atención al sufrimiento de los demás, podemos volver a conectar con alguna de aquellas motivaciones que nos impulsaron un día a celebrar la vida y a cultivar lo que realmente somos. Quizás es un buen momento para retomar la amistad con lo que habíamos alejado de nosotros mismos mientras competíamos y respondíamos compulsivamente al caos de cada día. Y seguro que hay tiempo para la gratitud y la generosidad, para fortalecer los valores de los que tanto se habla en el camino yóguico.

¿Cómo nos sentimos cuando acogemos la alegría que ese tipo de actitudes nos reportan?. También es seguro, y no deberíamos olvidarlo, que todo lo que está ocurriendo y que vemos en las pantallas de la tele o de la tablet, es la realidad de la vida, la única realidad.

Creo que todos estamos en duelo. Pareciera un duelo global y profundo, planetario. Es un duelo que nace de numerosas raíces; un duelo que nos pone en contacto con muchos otros a los que nunca prestamos atención. En muchos casos, este duelo añade en lo personal, otro más cercano por la perdida de un ser querido, de un trabajo o de alguna situación muy triste. La Covid-19 ha aflorado mucha desolación. Pero también hay algo que reclama nuestra atención y que precisa de una mirada renovada y profunda, con los pies en la tierra.

Algo que nos aproxima a un tipo de conocimiento y a una comprensión diferentes; algo que se abre paso más allá de nuestra propia piel. Aún en el silencio de nuestra soledad, incluso en la presencia del miedo o del dolor, hay espacio para reconocer que hay algo capaz de sostenernos y servirnos de ancla, algo que decididamente nos lleva hacia delante. Como si de un aliado se tratara, casi siempre que nos miramos para preguntarnos sobre lo que nos ofrece fortaleza y nos impulsa hacia la vida, nos encontramos con el amor y con la alegría que nos regala eso que vive en lo profundo de nuestros corazones.

Amor y alegría. No el amor egocéntrico, sino el amor que nace de la verdad de lo que somos, que genera la bondad, el altruismo, la cooperación y nos ensancha para vencer al miedo y ponerle distancia al rencor. No la alegría del jolgorio, sino la que nos acoge en nuestra fragilidad y nos mece por dentro y nos seca las lágrimas. Amor y alegría para estar presentes en tanto dolor, para poder sentirnos conscientes y despiertos en los momentos en los que de pronto nos encontramos con un escenario diferente en nuestra vida. Para preguntarnos sinceramente ¿qué es para nosotros sentirnos en casa? No confinados entre paredes, sino en aquello que realmente sentimos que es sentirnos en casa. Amor y alegría para seguir y ofrecernos.

¿Cuánto quedará de todo esto de vuelta a la “normalidad”? ¿En qué consistirá la normalidad?

Todos aspiramos a la felicidad y al bienestar, pero en algún momento también es seguro que vamos a sufrir, a envejecer, a enfermar y a morir. Creo que, más que nunca, se está demostrando que el amor y la alegría del corazón pueden darnos la serenidad y la ecuanimidad que necesitamos para responder y conducirnos en la realidad que nos presenta la vida.

Se nos plantean situaciones desconocidas que exigen una respuesta responsable con lo personal, con nuestro propio trabajo y con el resto de los seres humanos. Esto ya lo sabíamos, pero ahora lo estamos viendo. Pensar en el propio trabajo, en nuestras familias, en el propio ideal, en los proyectos personales, todo ello nos hace libres y únicos. Esa perspectiva para cultivar la autenticidad y la pasión por lo que verdaderamente somos, no tiene ningún sentido hoy día, sin que ello tenga que ver con el bien común. El bien común solo se construye a través del amor y de la alegría que vive en el centro de nuestro ser. Hoy más que nunca, es el Yoga que se despliega en esta dirección, el que me inspira y me guía.

Creo que el Yoga en su camino de evolución, ya abandonó hace tiempo la idea de que la sociedad y el mundo son una ilusión o de que nada tiene que cambiar. Puede que algo de eso perdure en los egos de quienes solo se miran a sí mismos y en quienes siguen redundando en la desconfianza del ser humano. El Yoga de este siglo, el Yoga de los yoguis que nutren de sentido su existencia, ha dejado muchas señales sobre su evolución hacia un renovado significado de este bien común. La búsqueda espiritual, para cualquier ser humano, siempre tiene y ha tenido que ver con los valores que cultivan la verdad, la libertad, la bondad y la justicia. Son valores que se despliegan en la realidad de nuestras sociedades y son los valores que el Yoga promueve con firmeza.

Tengo la convicción de que hay, sin saberlo bien, muchos yoguis, hombres y mujeres, entre los muchos que están respondiendo en la primera fila de un hospital, entre los que limpian una residencia de ancianos, o entre los que siguen completamente solos en sus casas, o entre los pequeños empresarios preocupados por el futuro de sus trabajadores y proyectos. Sin duda, entre los tantos profesores de Yoga para quienes se abre un futuro realmente incierto.

Ojalá que el duelo en el que estamos sumergidos y las perdidas económicas, de trabajo, de clases, de proyectos, de vidas, no nos devuelvan a la oscuridad y al olvido sobre quienes somos y sobre la realidad de la impermanencia. Ojalá todo esto nos prepare para expandirnos y engrandecernos, para una nueva educación y para algún conocimiento nuevo sobre nosotros mismos y sobre el sentido de la vida.

Mayte Criado

Directora y Fundadora de la EIY
Profesora de Hatha Yoga y Meditación


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