YOGA Y SOLIDARIDAD Por Mayte Criado

¿De qué hablamos cuando nombramos la solidaridad? ¿Cómo se relaciona con el Yoga más allá de un concepto pluralista, más allá de eso que conocemos como compromiso social, más allá de la mera empatía traducida muchas veces como una actitud que nos coloca en un estatus en el que nos sentimos “salvadores” de los demás o con la idea de que nuestra “ayuda” se hace imprescindible?

Vicente Ferrer lo dejó muy claro: “Crees que vienes a salvar el mundo, pero lo que vienes es a salvarte a ti mismo”. Mi reflexión se propone en torno a ¿Cómo podríamos dar un sentido más trascendente a esta palabra, solidaridad, que alude a una adhesión a las circunstancias o a las causas de otras personas?

La mirada del Yoga más tradicionalista se basa en una actitud caritativa, es decir, estructurada de manera que los que ayudan lo hacen cumpliendo determinadas conductas “morales” relacionadas con la visión mítica de que el Karma podría explicar las desigualdades sociales y las injusticias sobre los más vulnerables. Es una visión archiconocida en todos los caminos espirituales que para nada repara, hoy en día, los profundos socavones que históricamente se han ido creando entre los que pueden ayudar y los necesitados. Esta división ya es en sí misma demoledora.

El Karma Yoga, la senda del Yoga del Servicio con mayúscula, se ha entremezclado con muchos tipos de necesidades que las organizaciones estructuradas en torno al Yoga, han ido aflorando, incluso con situaciones de mano de obra gratuita, modas y otros significados complejos que no es el caso de abordar aquí. Sin embargo, creo que muchos/as estamos preparados/as para vivir un renovado sentido del Karma Yoga, y generar una perspectiva del Yoga más evolutiva, tomando el servicio como una acción verdaderamente desnuda, a salvo de cualquier connotación moral y desprovista de cualquier sentimiento de separación. Un tipo de servicio que propone un movimiento natural, no ya en un marco de igualdad, como es obvio, sino dentro de un sentimiento auténtico de Totalidad; un estado de conciencia.

El Yoga, o si queremos, el Karma Yoga, como camino de transformación, puede situarnos en la visión que engloba todos los aspectos del ser: cuerpo, energía, mente, espíritu, conciencia, etc, y cohesionarlos en un Todo que no para en los límites de la individualidad, sino que incluye la gran red de la vida, hecha de todos los cuerpos, también el cuerpo de la tierra, de todas las energías, de todas las mentes e inteligencias y del Gran Misterio de la existencia. Todo, ese Todo al que nos queremos acercar cuando cultivamos la vida interior, y ese Todo que es el Todo cuando lo que vemos y vivimos dentro de nosotros/as mismos/as se reconoce, se atestigua y se trasciende a otro nivel, es un Todo que abarca a los demás seres.

Abrir el corazón no consiste en mirar hacia fuera sino en vernos, sentirnos y presenciarnos para poder reconocer nuestra propia voz en todas las voces del mundo, de la tierra y de la existencia que podemos abarcar.

Esto quiere decir que cualquier causa es nuestra propia causa. Existe una interconexión irremediable y latente. Es la solidaridad. Nos incluye. Cualquier circunstancia en lo colectivo o en la naturaleza, en el mundo, en la existencia, es nuestra circunstancia. Así que nunca vamos a poder construir nuestra propia felicidad o trascendencia por encima de la de nadie, ni tampoco por encima de nuestro entorno, el planeta. Es, en este sentido, que el Yoga adquiere su auténtico significado y el cultivo de la propia vida interior se presenta como la herramienta adecuada para poder relacionar y re-unificar nuestra existencia con lo que descubrimos ahí “fuera”. De manera que, cuando hablemos de sufrimiento, pobreza, exclusión, violencia, dolor, no estemos viviéndonos a un lado.

Viene a mi mente la idea del teólogo McDaniel de que cuando un ser humano sufre, está seguro de que Dios (podríamos hablar de conciencia) deja de respirar. Es una profunda y maravillosa forma de simbolizar el alcance de esta conexión trascendente. Cuando hablamos de Yoga, también decimos que el Yoga está basado y construido sobre la respiración, el latido de la existencia, el ritmo común, universal. Seamos pues conscientes de que mirar hacia dentro, cultivar la vida interior no puede dejarnos encerrados dentro de nosotros mismos sino guiarnos justo hacia la conexión profunda y determinante con el Todo que nombramos cuando nombramos el Todo. Es un Todo que incluye la humanidad que somos.

McDaniel dice que también debe haber un lado de eso que llamamos Dios o Conciencia, que sigue siempre respirando para preservar y garantizar que el aliento de la vida continúa expandiéndose en esta red universal de la vida en la que cantan los pájaros, llueve, sonreímos, nos amamos, lloramos, sufrimos injusticias o simplemente permanecemos al margen de la alegría de existir. Porque cuando respiramos, algo se mueve, se toma, se ofrece, y algo se conmueve en nuestro espíritu y en el de todos, puesto que el aliento vital genera la vida y es lo mismo en todos los seres. Cuando alguien sufre o yo sufro, la respiración se dificulta o se detiene o se llena de emociones y sentimientos. El aliento de la vida se ve trastocado y ya todo se convierte en fricción o en lucha o en miedo o en infelicidad. Podemos escucharlo en nuestros corazones rotos, en nuestros cuerpos enfermos, en nuestras huidas de la realidad que nos presenta la existencia humana.

Respirar en Yoga es crear el espacio que facilita poder respirar el Todo. Hasta respirar en âsana es lo mismo; un tipo sensible de presencia que deriva en despertar en la respiración de la existencia (o la no existencia) en su Totalidad, la de todos los seres vivos, del planeta y de todo el universo.

Todas las vías del Yoga transmiten la idea nuclear de que no podemos encontrar la paz si no sabemos quiénes somos. Saber quiénes somos conlleva escucharnos y presenciarnos en este latido universal y existencial. Es también el cultivo de la humanidad. No hay espiritualidad sin humanidad. Para mí, ésta es la re-evolución del Yoga puesto que nos propone saber quienes somos a la luz de nuestra vulnerabilidad, en nuestros miedos, en nuestra violencia, en el centro de nuestro sufrimiento y, por tanto, en la falta de respiración o en las fricciones que nos asaltan mientras tratamos de respirar en nuestro cuerpo, reconociéndonos en lo colectivo y en las aflicciones de todos los seres que nos rodean, incluyendo el pulso herido del planeta.

Se hace necesario despertar y dar al camino yóguico un renovado (revolucionario) sentido de corresponsabilidad en el mundo, abriéndonos al mundo, a la humanidad, comprometidos con nuestra realidad y siendo el detonante de la transformación personal, colectiva y de los espacios que habitamos.