Yoga y adolescencia. ¿Mito o realidad?
por Mayte Criado
El yoga se ha incorporado progresivamente a contextos educativos y sanitarios dirigidos a adolescentes. Su presencia suele justificarse mediante promesas de bienestar emocional, mejora de la atención o regulación de la ansiedad. Sin embargo, gran parte de la literatura divulgativa y una porción no menor de la académica reproducen ejemplos que presentan el yoga como una solución casi universal a los desafíos de esta etapa vital. Pero, ¿existe un vínculo realista entre yoga y adolescencia? ¿una relación que evite la idealización y analice tanto sus posibilidades como sus límites? Mi objetivo es el de situar la práctica del Yoga y de la Meditación como una referencia maravillosa no exenta de complejidad ya que, tratándose de personas muy jóvenes, debe atender y, adaptarse a las condiciones concretas en las que puede resultar significativa.
La adolescencia como etapa heterogénea
Uno de los errores más frecuentes al hablar de yoga y adolescencia es tratar esta etapa como un conjunto homogéneo. La adolescencia no es solo una fase del crecimiento delimitada por criterios biológicos, sino un proceso con muchas variables sociales, culturales, económicas y de género. Un adolescente de 13 años que comienza la pubertad no enfrenta las mismas demandas que otro de 18; del mismo modo, las experiencias corporales y emocionales difieren ampliamente según el contexto.
Cualquier intervención basada en yoga que ignore esta heterogeneidad corre el riesgo de ser superficial. La práctica no se encuentra con un “adolescente abstracto”, sino con cuerpos en transformación, con biografías incipientes y con relaciones ambivalentes con la autoridad, la intimidad y la autoimagen. Pensar el yoga en este contexto implica renunciar a programas estandarizados y asumir que su impacto dependerá más del modo de implementación que del tipo de yoga o meditación en sí mismos.
El cuerpo ocupa un lugar central en la experiencia adolescente, pero no siempre en un sentido armónico. Hay cambios hormonales, modificaciones en la apariencia, inseguridad sobre la propia imagen y un espejo social en el que mirarse, liderado por las redes sociales. Creo que, en este sentido, el yoga puede ofrecer un espacio de exploración corporal distinto al de los deportes competitivos o las prácticas estéticas dominantes.
En muchos casos, las posturas (āsanas) también pueden intensificar la autoobservación crítica si se presentan como modelos a imitar o como logros físicos. La exposición del cuerpo en grupo, el uso de espejos o la comparación implícita pueden reforzar inseguridades preexistentes. Por ello, una aproximación realista, que deje los mitos y la consecución de objetivos a un lado, puede hacer que la práctica de yoga se convierta en un espacio de exploración amigable para todos los cuerpos adolescentes; su potencial reside en enfoques que privilegien la experiencia interna sobre la forma externa y que desactiven, en lo posible, la lógica del rendimiento.
Atención, aburrimiento y resistencia
Otro tópico habitual sostiene que el yoga mejora la concentración y la atención de los adolescentes. Si bien ciertas prácticas pueden favorecer estados de mayor focalización, esta afirmación suele omitir un dato clave: muchos adolescentes experimentan el yoga, al menos inicialmente, como aburrido o desconectado de sus intereses. El silencio, la lentitud y la repetición pueden entrar en conflicto con estilos cognitivos habituados a la estimulación constante.
Lejos de ser un obstáculo a eliminar, esta resistencia constituye un dato relevante. Obliga a repensar el lugar del yoga no como una técnica de corrección conductual, sino como una propuesta opcional cuyo sentido debe construirse en diálogo con ellos. Forzar la práctica en nombre de beneficios futuros puede generar rechazo y vaciarla de contenido. Para mí es un error proponer yoga y meditación a adolescentes pensando en obtener mayor rendimiento académico o conductual. Creo que el propio aburrimiento y a veces, la resistencia, son señales importantes de los procesos creativos en la adolescencia. Incluso el inconformismo debería ser una oportunidad para dar sentido a la propuesta del Yoga como recurso para conectar con las inquietudes o la insatisfacción adolescentes.
Dimensión emocional: entre la regulación y la simplificación
Se suele afirmar que el yoga ayuda a los adolescentes a “gestionar sus emociones”. Esta afirmación, aunque bienintencionada, puede resultar problemática si se interpreta como una invitación a neutralizar emociones intensas o incómodas. La adolescencia es, en sí misma, una etapa de amplificación emocional, y pretender suavizarla en exceso puede implicar una forma de normalización encubierta.
Para mí, el yoga puede ofrecer herramientas para reconocer sensaciones corporales asociadas a estados emocionales y para ampliar el margen de respuesta frente a ellas. Sin embargo, no puede sustituir, en ningún caso, procesos relacionales, terapéuticos o sociales más amplios. Presentarlo como una solución individual a malestares que pueden tener raíces estructurales —como la presión académica, la precariedad o la discriminación— supone una simplificación que desplaza la responsabilidad del entorno al propio adolescente. No se puede caer en esto.
Espiritualidad y sentido: una cuestión delicada
En contextos laicos o educativos, la dimensión espiritual del yoga suele minimizarse o eliminarse por completo. En otros casos, se introduce de manera acrítica, generando incomodidad o rechazo. Para los adolescentes, que se encuentran en pleno proceso de construcción de sentido, esta ambigüedad puede ser particularmente relevante.
Una aproximación realista no asume que el yoga deba transmitir una cosmovisión específica ni que los adolescentes estén buscando experiencias trascendentes. Al mismo tiempo, reconoce que ciertas prácticas —como la atención a la respiración o la conciencia sensorial— pueden suscitar reflexiones existenciales. Es un desafío difícil y, al mismo tiempo, interesante. Poder abrir espacios para que los propios interrogantes puedan estar presentes sin intervenir o imponer respuestas, respetando la diversidad de creencias y el derecho a la duda, es un arte que no cualquier profesor/a de yoga puede acometer.
El profesorado de yoga
Más que la técnica o la herramienta, el factor decisivo es la experiencia de yoga que se propone y quién la propone. Es necesario que la persona tenga una formación importante basada en la sensibilidad y el respeto. Alguien capaz de sostener la incertidumbre, de leer el clima emocional del grupo y de ajustar la propuesta en tiempo real para generar un espacio significativo incluso con propuestas muy simples.
Esto implica una responsabilidad seria. Requiere una formación muy especializada y un entendimiento infinito sobre los procesos a todos los niveles, en la adolescencia. No basta con el dominio técnico; se requieren competencias pedagógicas, comprensión del desarrollo y una actitud reflexiva respecto al rol que se toma. El yoga, en este sentido, no es un método, sino una práctica relacional.