La calma como práctica, no como destino
por Mayte Criado
Durante años se nos ha ofrecido la calma como un destino. Un lugar al que llegar, una cima silenciosa desde la cual la vida —finalmente— dejaría de doler, de inquietar, de empujarnos. Se nos ha dicho que una mente en calma es una mente sin ruido, sin conflicto, sin contradicción. Y, sin embargo, basta observar la experiencia real —la propia, la de quienes practican con constancia, incluso la de quienes dedican su vida a la contemplación— para sospechar que esa imagen es, cuanto menos, incompleta. La calma suele percibirse hoy día como un lujo, e incluso como una forma de evasión. No es extraño que muchas personas vivan la búsqueda de calma como un proyecto fallido.
Tal vez la pregunta no sea si la mente puede estar en calma, sino qué entendemos realmente por calma. Y si esa comprensión no ha sido empobrecida por narrativas que, en su intento de aliviar, han terminado por simplificar en exceso la complejidad de la experiencia humana. Me pregunto si la expectativa de poder vivir en calma es realista, y desde la práctica contemplativa, qué tipo de calma se relaciona, verdaderamente, con una mente inmersa en la complejidad y en los ritmos del mundo actual.
Uno de los grandes malentendidos es creer que la calma es igual a una mente silenciosa, libre de pensamientos, emociones o tensiones. Esta imagen, reforzada por discursos espirituales simplificados y por la cultura del bienestar, genera una idea imposible de sostener. La mente humana no está diseñada para el silencio permanente. Desde la neurociencia, una mente en calma no equivale a una mente vacía, sino a una mente menos reactiva, menos fragmentada, menos dominada por automatismos. Igualmente, para el yoga, la calma no es ausencia de actividad, sino más bien un estado global de coherencia interna. Una mente en calma no deja de pensar, pero deja de estar condicionada por sus propios contenidos y refleja una mayor capacidad para que estemos presentes y conscientes en la experiencia sin ser arrastrados por ella.
Que la mente aprenda a no vivir permanentemente en estado de alarma es, en sí mismo, un mensaje profundamente inspirador. Hace referencia a una inteligencia interna que puede educarse. Para mí, cuando el yoga habla de controlar la mente y dominarla, se refiere más al cultivo de una atención que puede liberarse de la dispersión. Numerosos estudios han mostrado que la mente humana pasa una parte significativa del tiempo divagando, saltando entre recuerdos, anticipaciones y conversaciones internas que, en muchos casos, incrementan el malestar psicológico. Este “vagar mental” se asocia con mayores niveles de estrés, ansiedad y sensación de insatisfacción.
La atención entrenada reduce esa dispersión. Pero más allá del beneficio funcional, hay aquí una dimensión ética profunda: prestar atención es un acto de cuidado. Cuidado hacia la propia experiencia, hacia el cuerpo, hacia la vida tal como se presenta. La calma que surge de este tipo de atención no es espectacular. No siempre se siente como paz. A veces se siente como honestidad.
En este sentido, cabe reflexionar sobre la relación entre calma mental y autocontrol. Estudios recientes sugieren que las personas con mayor capacidad de autorregulación muestran patrones neuronales más estables, lo que facilita una experiencia interna menos reactiva incluso en contextos difíciles. Pero aquí hay que tener en cuenta que el autocontrol no debería suponer la negación de impulsos o emociones, sino la capacidad de no ser gobernados automáticamente por cada impulso, pensamiento o emoción que aparece. En este punto, la práctica del yoga propone la calma no como una cualidad pasiva, sino como una forma de madurez integrativa. Una mente en calma no es la que no siente, sino la que sabe sostener lo que siente.
Uno de los mayores obstáculos para una relación sana con la práctica de yoga es la expectativa —a menudo implícita— de una calma continua y estable. La ciencia no respalda esta idea, y la experiencia humana tampoco. La regulación emocional efectiva no elimina el dolor, la tristeza o la incertidumbre. Lo que transforma es la manera en que estos estados son vividos. Así, la calma no es un estado permanente, sino una capacidad que aparece y desaparece, se fortalece y se debilita, como cualquier habilidad humana compleja. Aceptar esto no resta profundidad a la práctica de yoga, sino que la humaniza.
La mente no existe separada del cuerpo. Cualquier intento de cultivar calma ignorando la dimensión somática está condenado a quedarse en la superficie. El sistema nervioso autónomo —especialmente el equilibrio entre activación simpática y parasimpática— juega un papel central en la experiencia subjetiva de calma.
Las prácticas de yoga involucran la respiración consciente, el movimiento y la sensorialidad. Todo ello trata de cultivar la atención corporal y la propia presencia en la vivencia corporal que, a su vez, estimulan el nervio vago, favoreciendo estados de recuperación y regulación. Este no es un detalle técnico: es la confirmación científica de algo que las tradiciones contemplativas, en especial el yoga, han sabido durante siglos.
La calma comienza muchas veces desde abajo hacia arriba, desde el cuerpo hacia la mente, desde la piel al alma. La práctica funciona no solo por lo que proponen y consiguen, sino por “desde dónde se hacen”. Una respiración consciente practicada como exigencia puede generar más tensión que alivio. La misma respiración, sostenida como acto de escucha, puede transformar la experiencia interna.
Cuando se trata de desarrollar este tipo de presencia, la calma deja de ser un objetivo y se convierte en una consecuencia. Surge cuando la práctica se integra en una vida orientada por valores, coherencia y sentido. No como evasión del mundo, sino como una forma más lúcida de habitarlo.