Jóvenes Raíces: Yoga en la Adolescencia
Había una vez, en una pared antigua de un pueblo olvidado, una pequeña grieta por la que asomó un brote verde. No tenía la tierra fértil de un jardín, ni el cuidado atento de un jardinero, ni la protección de una valla. Solo viento, sombra y el rumor de la lluvia.
Al principio, el brote parecía demasiado frágil para sobrevivir. Cada ráfaga de aire lo inclinaba peligrosamente, el sol lo quemaba sin compasión y la escasez de agua lo dejaba sediento. Desde lejos, los arbustos del jardín cercano crecían más altos, más robustos, orgullosos de su verdor. Allí, rodeados de cuidados constantes, se sentían seguros, protegidos. El brote, en cambio, se sabía distinto, expuesto y vulnerable.
Hubo días en los que pensó en rendirse. “¿Por qué yo? ¿Por qué me tocó crecer aquí, en esta pared áspera y solitaria?”, se preguntaba. Pero cada amanecer traía consigo una oportunidad nueva: una gota de rocío, una caricia de luz, el eco del canto de un pájaro. Y en vez de lamentarse por lo que no tenía, el brote decidió aferrarse a lo poco que sí recibía. Absorbía cada gota de lluvia con gratitud, levantaba la cabeza al menor destello de sol, buscaba fuerza en las pequeñas cosas que lo rodeaban.
El tiempo pasó. Temporadas enteras de frío y calor lo acompañaron. Y, contra todo pronóstico, ese brote siguió creciendo. Su tallo se volvió firme, sus hojas adquirieron un verde intenso y, un día cualquiera, floreció. No era la flor más grande, ni la más llamativa, ni la que llenaba el aire con perfume. Pero tenía una belleza singular, cruda, auténtica. Era la prueba viva de que incluso en las grietas más duras puede surgir la vida.
Su secreto no estaba en el entorno, sino en la manera en que aprendió a habitarlo. No compitió con los arbustos del jardín, no envidió su abundancia: se convirtió en él mismo, único en su manera de crecer.
La adolescencia es un puente entre lo que fuimos y lo que seremos, un territorio de tránsito en el que nada parece estable del todo. El cuerpo se transforma a gran velocidad, las emociones suben y bajan como mareas impredecibles, y la identidad se explora y redefine casi a diario. Es un tiempo en el que surgen preguntas esenciales: ¿quién soy?, ¿a dónde voy?, ¿cómo quiero estar en el mundo?
No es extraño que, en medio de este proceso, los/as adolescentes sientan tanto curiosidad como confusión. La presión académica, las expectativas sociales y familiares, junto con el bombardeo constante de estímulos digitales, generan una sensación de exigencia permanente. Compararse con otros/as, responder a estándares de éxito y encajar en grupos puede convertirse en una carga difícil de sostener.
La adolescencia, sin embargo, no es solo una etapa de conflicto: también es una oportunidad inmensa para sembrar herramientas que acompañen toda la vida. En esta búsqueda, el yoga aparece como un recurso valioso. No como una obligación más en sus agendas, sino como un lenguaje silencioso que ayuda a escucharse, a reconocer su propio cuerpo y sus emociones, a encontrar calma en medio del ruido y a habitar sus procesos internos con mayor claridad.
A través de la práctica, aprenden que no necesitan escapar de lo que sienten, sino observarlo. Que pueden dar espacio a la tensión y soltarla. Que pueden regular su respiración y, con ella, transformar su estado de ánimo. Cada asana, cada inhalación y exhalación consciente, es una invitación a reconectar con un eje interno que permanece firme aun cuando todo alrededor parece tambalearse.
En este sentido, el yoga no es solo movimiento físico: es un recordatorio de que la adolescencia no tiene que vivirse como un caos inevitable, sino como un laboratorio de autodescubrimiento donde se siembran raíces de autocuidado, confianza y presencia que florecerán en la vida adulta.
En los últimos años, distintas investigaciones han mostrado cómo el yoga puede convertirse en un verdadero aliado en la vida de niños y adolescentes. No se trata únicamente de ganar flexibilidad o aprender posturas llamativas, sino de cultivar habilidades internas que les permitan sostenerse en medio de la complejidad de esta etapa vital.
Kerekes et al. (2024) realizaron una revisión de una década de programas de yoga con niños y adolescentes. Los resultados fueron consistentes: mejoras en síntomas psiquiátricos, mayor autocontrol, fortalecimiento de funciones cognitivas y un incremento del bienestar general. En otras palabras, el yoga ayuda a esos brotes jóvenes que todavía se sienten frágiles a encontrar la fuerza que ya está en ellos.
De forma más específica, Khunti et al. (2022) observaron que cuando el yoga se integra en el ámbito escolar, los niveles de ansiedad académica y depresión leve disminuyen significativamente. Los adolescentes que participaron mostraron más serenidad y confianza frente a situaciones de presión. Como el brote de la fábula, aprendieron a absorber la luz disponible y a transformar cada gota de experiencia en crecimiento.
Cerdá et al. (2023), por su parte, aplicaron un programa de yoga y mindfulness en estudiantes de secundaria. Sus hallazgos fueron reveladores: los adolescentes no solo adquirieron mayor conciencia emocional, sino también una capacidad más sólida para regular el estrés, lo que impactó directamente en su bienestar escolar. Esto demuestra que la práctica del yoga no se queda en el mat, sino que se filtra en la vida cotidiana, influyendo en la forma en que los jóvenes habitan sus relaciones, sus estudios y su propio mundo interno.
La conclusión es clara: el yoga no solo acompaña al cuerpo en crecimiento, sino que brinda un lenguaje emocional y mental capaz de sostener a los adolescentes en esta etapa de transición.
Como se ha comentado, la adolescencia es un tiempo de transición, un puente que une lo que fuimos con lo que estamos llamados a ser. Es una etapa fértil, pero también desafiante: como un brote que decide crecer en la grieta de un muro antiguo, sin jardín cuidado ni suelo fértil, sostenido únicamente por la lluvia, el viento y la luz que alcanza a recibir.
En este escenario, el yoga se ofrece como un espacio para aprender a habitar la vida con mayor conciencia. La regulación emocional enseña a identificar y gestionar emociones intensas; la atención plena ayuda a la mente a reenfocarse en tiempos de sobreestimulación digital; la autovaloración cultiva una relación más amable con el propio cuerpo; y los hábitos saludables se reflejan en un mejor sueño, en una relación equilibrada con la alimentación y en el cuidado de sí mismos.
La ciencia respalda esta intuición. Pero para que el yoga despliegue todo su potencial en esta etapa, es necesario adaptarlo. Se trata de usar un lenguaje cercano, proponer dinámicas creativas y, sobre todo, generar espacios de confianza libres de juicios y comparaciones. Así, la práctica deja de ser “una actividad más” y se convierte en un recurso vital, un refugio donde cada adolescente puede volver a sí mismo y sentirse acompañado en su proceso de crecimiento.
Quizás el mayor regalo del yoga a la adolescencia sea sembrar una semilla que los acompañe durante toda su vida: la semilla de la calma, de la autoaceptación y de la claridad interior. Una semilla que, aunque a veces permanezca dormida, guarda en silencio la promesa de florecer cuando más se necesite.
Porque crecer no es solo cambiar, sino aprender a encontrarse en medio del cambio. Es descubrir que, aun cuando la tierra parece dura o el entorno poco favorable, dentro de cada uno hay raíces que pueden sostener y un impulso vital que siempre busca la luz. El yoga no elimina las tormentas, pero enseña a bailar con ellas. No borra las preguntas, pero ofrece un espacio donde habitarlas con menos miedo.
Así, como el brote en la grieta, cada adolescente puede reconocer que su fortaleza no depende de la perfección de su entorno, sino de la confianza en su propio proceso. Y al integrar esta práctica desde temprano, no solo atraviesan con más serenidad la adolescencia, sino que construyen una brújula interna que los guiará en todas las etapas de la vida.
Tal vez, entonces, el verdadero sentido del yoga en la adolescencia no esté en lograr una postura impecable ni en seguir una disciplina estricta, sino en aprender a escucharse, a sostenerse y a florecer en sus propios tiempos. Porque esa semilla que hoy germina en medio de la grieta será, mañana, el árbol que los acompañe a habitar su vida con presencia, gratitud y libertad.
Referencias
Kerekes, N., et al. (2024). Yoga for children and adolescents: A decade-long review. Journal of Child and Adolescent Mental Health.
Khunti, K., et al. (2022). The effects of yoga on mental health in school-aged children. Journal of Integrative Medicine.
Cerdá, A., et al. (2023). Yoga, Mindfulness, and Mental Well-Being in Adolescent Students. Education Sciences, 13(11), 1104.