Presencia y deseo de trascendencia
por Mayte Criado
¿Qué es el misticismo? ¿cómo es una experiencia mística? Seguramente nos referimos a un tipo de presencia capaz de llevarnos a un estado en el que podemos sentirnos elevados. Elevados o por encima de la realidad que alcanza nuestra mente dual, conectados con lo que sea que nos trasciende; esa intuición profunda de ser más allá de lo físico, lo emocional y lo mental. Una vivencia que nos deja entrar en el gran misterio. No es fácil definirlo y menos aún, hablar de ello hoy día en que lo importante es lo que se expone y produce, no tanto lo íntimo y lo que sea que se guarda en el silencio.
Además, nos encontramos con un dilema demasiado simple: aquel que enfrenta la tecnología y la espiritualidad, como si pertenecieran a mundos incompatibles. Sin embargo, sería justo reconocer que dicha rémora se hace compleja si pensamos que justo cuanto más avanzamos en tecnología, más visible se vuelve la necesidad de sentido, vínculo, silencio, orientación y trascendencia. Estoy convencida de tanto revuelo, en todos los sentidos, solo puede llevarnos a concluir en lo importante, lo trascendente, tarde o temprano.
La cuestión es, más que nada, otra: qué formas de interiorización, presencia y búsqueda están emergiendo en estas nuevas sociedades en las que nos conducimos a través del caos, la duda, la productividad exacerbada, los algoritmos, la inteligencia artificial, las redes sociales y una disponibilidad casi ilimitada de información.
Si tomamos la experiencia mística en su sentido más profundo, (que no se reduce a creencias o a experiencias extraordinarias) y la entendemos como una vivencia capaz de transformar nuestra percepción de la realidad sin tener que ahogarnos en conceptos inservibles, quizás podamos reconocer que justo este sentimiento de fragmentación que nos provoca tanta hiperconectividad, tanta exposición, tanta velocidad y los interminables estímulos que dispersan nuestra atención, justo sea lo que nos envuelve en una nostalgia vital de profundidad; ese impulso fundamental que nos orienta hacia el sentido de la vida en su dimensión más inefable.
Hay estudios, y también lo vemos y lo vivimos en el día a día de Internet, que señalan que, en los entornos digitales, se crean nuevas formas de compartir prácticas, por ejemplo, de meditación y yoga, a través de comunidades. Comunidades virtuales. El sentimiento de pertenencia es clave en estos casos y deja ver que, existe una necesidad inmensa de presencia y trascendencia que está modificando la manera en la que se vive la espiritualidad y la experiencia mística. ¿Hasta qué punto es válido y servible? Yo no lo sé, pero es una realidad cambiante que está instalada sin remedio.
Durante siglos, la experiencia contemplativa ha estado asociada a espacios de retiro: monasterios, ermitas, desiertos, salas de meditación y prácticas sostenidas en silencio. Hoy, en cambio, muchas personas acceden a prácticas de interiorización a través de una aplicación, youtube, una comunidad online o incluso una conversación con una IA. La puerta de entrada ha cambiado. Los entornos que acogen la vivencia de los trascendente han cambiado. ¿Qué tipo de presencia se está validando? Y más. La pregunta, para mí, es si también cambia la profundidad de la experiencia.
No tengo una respuesta aún y no sé si la tendré. Solo siento que la respuesta no puede ser un rechazo automático. Sería ingenuo pensar que lo de siempre o lo únicamente presencial, sea lo único posible y lo único auténtico. Por la misma razón, sería inoportuno decir que lo digital produce necesariamente la superficialidad que tememos. Hay prácticas online que sostienen procesos serios, yo lo he visto y vivido. En mi propia escuela se crean comunidades digitales que se acompañan con cuidado y se transmiten enseñanzas a distancia con rigor. Sé de muchisimas personas que han encontrado en estos medios una vía real de acceso a la meditación, el estudio o la transformación personal.
Pero también sería iluso ignorar el riesgo contrario: la reducción de lo espiritual a un consumo emocional momentáneo, o a un contenido meramente inspiracional, o a una dispersión o gratificación inmediatas. La lógica de las plataformas tiende a privilegiar lo visible, lo breve, lo impactante y lo rentable. El misticismo, en cambio, suele requerir lo que menos se premia digitalmente: duración, maduración, humildad, silencio y discernimiento.
La experiencia mística no es simplemente una experiencia intensa. No todo lo que conmueve transforma. No todo lo que emociona profundiza. No todo lo que parece revelador conduce a una mayor lucidez. La cultura digital tiende a confundir impacto con verdad, resonancia emocional con conocimiento y disponibilidad con comprensión. El misticismo, cuando es auténtico, no se mide por la intensidad de la vivencia, sino por la calidad de la transformación que produce.
La tecnología actual promete una disponibilidad total: todo el conocimiento que uno quiera, toda la imagen propia o ajena que a uno le vaya bien, todo tipo de voz, todas las prácticas habidas y por haber al alcance de la mano. Pero la experiencia mística comienza a menudo allí donde la disponibilidad termina. No se accede a lo profundo como se accede a un archivo. No se descarga la presencia. Y mucho menos la vivencia de lo trascendente. No se automatiza la entrega. No se programa la gracia.
Esto no significa que lo digital sea incompatible con una vida espiritual seria. Significa que requiere discernimiento. ¿Cómo obtener el criterio necesario para realizar e integrar ese tipo de atención y presencia que requiere la experiencia mística?
En el fondo, este mundo hiperconectado vuelve a plantearnos una pregunta antigua: qué significa estar realmente presentes. Presentes en uno mismo, ante los otros, ante el dolor, ante la belleza, ante el gran misterio.
Por eso, el desafío no consiste en elegir entre misticismo y tecnología, sino en impedir que la tecnología colonice la dimensión más delicada de la experiencia humana: la capacidad de abrirnos a lo que no puede ser reducido a dato, utilidad o respuesta inmediata. Creo que la reflexión no consiste en si habrá espiritualidad en el mundo digital. Ya la hay. La pregunta es en qué consiste esa espiritualidad: si será un nuevo mercado de consuelo rápido o una vía contemporánea para recuperar profundidad, trascendencia y presencia.
Insisto en que para el ser humano es esencial poder seguir contactando con ese impulso vital que trasciende todo lo medible y todo lo inmediato.